

Tres momentos históricos
Como un presentimiento inesperado, me transmitió Camino la noticia por teléfono en la mañana del día 5 de enero, cuando me encontraba ensayando en León con mis AMIGOS DE LA MÚSICA los cánticos para un funeral. Toda una coincidencia impactante. Ausente de León durante unos días, pude comprobar el mar de noticias y comentarios a través de Internet, tanto en los medios de prensa como en las redes sociales. Todo un bombazo en el devenir de nuestra historia local.
Mientras me tomo un tiempo para la reflexión serena de cara a unas merecidas MEMORIAS DEL NEGRILLÓN, aprovecho el artículo de mi hijo Álvaro en su columna dominical de La Liebre con el título sencillo, pero intenso, de EL NEGRILLÓN.
Boñar, 31 de julio de 1993
"Era la prueba de madurez para los rapaces. Había que trepar el tronco calloso, colarse por el ojo que se abría en el descuelle de la espadaña de las grandes ramas y escuchar el sonido espeso que crepitaba dentro, en la oscuridad. Solos allí, arropados en el seno tortuoso, crecíamos con los talones afirmados en las aurículas de sus raíces, ancladas más de cuatro siglos atrás en la olmeda de la iglesia. Éramos de Boñar. Nos lo habían transmitido a la sombra del Negrillón, con el maragato en la torre como testigo, para que guardáramos el legado que blasonaba la plaza. Ahí, donde ahora no hay casi nada que dejar como herencia a los que vengan detrás.
La caída del esqueleto del Negrillón quiebra el relato del pueblo: ese que se construye a partir de los símbolos por los que se le identifica fuera y en los que se reconocen los vecinos, los descendientes y los emigrados. Una riqueza intangible que se alimenta en la supervivencia de los elementos que consiguen que se teja un discurso compartido, generación tras generación, en el que sentirse orgullosos de la pertenencia a una comunidad. Esas marcas de agua que se descubren al palparse los recuerdos: el triángulo de las canicas en el alcorque, el manro en la corteza, la escena repetida de los veraneantes con la panza pegada al tronco para comprobar si era cierto que los brazos de siete humanos no lo abarcaban, la tertulia animada de media tarde con una varina en la mano, las confidencias de medianoche de los aprendices de novios filtradas por el siseo de las hojas sobre sus cabezas... Todas esas jotas que se mecían en las cabeceras de las cunas, como esa que tú compusiste, papá (gracias, chavalote). Canciones aprendidas por nietos e hijos, como sus padres y los padres de sus padres antes, en esa vida que se hacía alrededor.
Partitura de la jota de EL NEGRILLÓN (década de 1970)
No era un árbol común. Era nuestro árbol genealógico. El testigo se pierde enterrado en la indolencia que perpetuaron las últimas corporaciones y el aislamiento institucional. Esa deriva que derribó El Alfolí, sepultó la presa que surcaba el pueblo y hormigonó el empedrado, amén del abandono sin lucha por la fábrica de talcos. Esa desidia que, más temprano que tarde, cerrará la cantera de la piedra con la que se edificó la Catedral y echará el candado al obrador de los Nicanores. Ese dejarse llevar de los ancianos al que se ha entregado EL NEGRILLÓN, condenado por la grafiosis y mutilado en 1993, sin que hayamos sabido ni siquiera embalsamarlo para que su esqueleto nos perviviera. No cae un árbol, se precipita un pueblo. ¿Dónde hundimos nuestras raíces ahora los que somos de Boñar? Habrá que plantar otro negrillo, aunque no vayamos a ver cómo nos cobija su sombra."
LA NOTICIA EN EL DIARIO DE LEÓN












