
Dos momentos felices en tu corta biografía: tu boda con INMA y como invitado en la de ÁLVARO-INÉS.
De entrada, quisiera evitar todos los tópicos que solemos utilizar en los momentos trascendentales con motivo de la muerte de una persona querida. Es entonces cuando nos vienen a la memoria un sinfín de virtudes y valores humanos del fallecido. Pero no es este el caso. Se trata de algo sentido, sencillo y entrañablemente natural.
Amigo CARLOS CECCHINI, desde que nos conocimos a través de nuestras mujeres-esposas han pasado más de veinte años. En este espacio de tiempo, yo pasé de ser el padre de Álvaro (un adolescente entonces) a convertirme en abuelo con dos nietos deliciosos (Martín y Mateo). Tú, por tu parte, experimentaste la paternidad con dos jovenzotas, bellas como dos soles (Carla y María). Progresivamente, nuestra amistad se fue intensificando con el paso de los años hasta sentirnos como de la familia (no en vano, Inma comparte conmigo el apellido CABALLERO).
Curiosamente, entre tu boda con Inma y tu funeral hay un lugar común: la IGLESIA DE VILLACINTOR, con dos ceremonias religiosas en las que tuve la dicha de participar junto con mis compañeros del coro de Boñar (más en vuestra boda que en la misa de funeral, en el que me acompañó nuestro fiel y común amigo Luis Manso). Aunque Inma le había pedido a Álvaro que leyera públicamente en la celebración su artículo de la columna periodística, a última hora la emoción y el cariño que te profesa no se lo permitieron. Por eso, me tomo yo la licencia y te lo transcribo íntegro, ya que te lo dedica con el título de tu nombre: CARLOS.
De mi parte (y la de toda mi familia), recibe un apretado abrazo de amigo y casi hermano. Descansa en paz, ovetense de pro y leonés de adopción. Inma, Carla y María, contad con nuestro apoyo incondicional y muchos, muchos besos cariñosos.
Un día de excursión en familia por el FAEDO de Ciñera de Gordón, hace unos años.
"En mayo va para cinco años que casi me pican boleto. Me desperté en el box cero de urgencias con el pecho lleno de cables conectados a una máquina, como si hubiera llegado de Matrix sin colgar el teléfono al otro lado. No conocía a nadie entre la marea de batas de residentes que me miraban sin perder de vista el monitor, no fuera que en cualquier momento se fundiese la última vida del videojuego. Nunca he sentido tanto miedo a un silencio. Jamás me he encontrado tan asomado al abismo. Hasta que llegó él, se acercó, me dijo que estuviera tranquilo y me explicó con calma que había un trombo en la femoral que me había abierto dos infartos en el pulmón. Todavía le veo allí, inclinado sobre la camilla, paciente y sincero para devolverme a este lado mecido en la tranquilidad del cariño que me regaló desde guaje, cuando comencé a idolatrarle como a uno de esos personajes del RockOla con los que se había hecho joven para siempre en aquellos albores de La Movida. Le vuelvo a ver ahí a mi lado, mientras sujeto el teléfono sin entender lo que quiere decirme mi madre. Se ha muerto Carlos, balbucea, salió a correr y cayó en mitad de la calle. No puede ser, intento defenderme. Pero no encuentro las palabras para salvarlo.
No me lo he creído hasta que lo he escrito: ha muerto CARLOS CECCHINI. Y ya no puedo borrarlo. Sí puedo escribir encima con los recuerdos que me sembró en aquellos años de adolescente, cuando me alejó de las ansias de gallito callejero al enseñarme la cicatriz del navajazo que le habían dado a él por estar cerca de una pelea; cuando me llevó a aquel partido de Copa del Rey para sentir la marea que latía bajo la grada de pie del viejo Tartiere de su Oviedo; cuando me enseñó a contar cómo se crecía con La cuenta atrás de Los Enemigos; cuando regalaba esas carcajadas estruendosas que estallaban con la misma rotundidad que defendía sus convicciones. Esa pasión con la que transfundió durante años su energía en el bus de la Hermandad de Donantes de Sangre, en Fundaspe, en Hematología del hospital. Siempre listo para superarse hasta la excelencia, fiel a un carácter insobornable al que le gustaban los personajes Bajo el volcán, como ese boxeador argentino, Ringo Bonavena, que medio sonado enseña que "la experiencia es un peine que te lo dan cuando te quedas pelado".
Qué vida tan digna de ser vivida. Qué ejemplo más hermoso para tus hijas Carla y María, para tu esposa Inma. Que la tierra te sea leve, amigo. Ni en la media vida que nos queda podremos vivir la mitad de lo que nos dejaste marcado tú".
Bella canción-oración
