lunes, 20 de julio de 2020

DESCONFINAMIENTO: ¿MASCARILLA, SÍ O SÍ?


Panorámica general de las canchas deportivas de EL SOTO


       Superado el estado de alarma y en plena travesía del DESCONFINAMIENTO, el COVID-19 sigue muy activo causando estragos en la casi totalidad de las comunidades autónomas. Y, sin embargo, la ciudadanía se comporta con absoluta negligencia y conductas nada responsables.

      Con la llegada de las altas temperaturas veraniegas, el parque municipal de EL SOTO se ve invadido a diario por un elevado número de adolescentes (ellos y ellas) que, a lo largo de la tarde, se hacinan dentro de la cancha de fútbol sala, ajenos a los carteles que les aconsejan higiene y civismo y donde las mascarillas brillan por su ausencia. Sin pretender ser agorero, como no se extreme la vigilancia en el cumplimiento de las normas sanitarias y sociales, habrá que optar por el cierre de la cancha deportiva. Parafraseando otras proclamas publicitarias, en este tema sólo cabe: ¡TOLERANCIA CERO! El remozamiento de la zona verde y la peatonalización de algunos viales no deben estar reñidos con el CIVISMO Y RESPETO DE LOS PROTOCOLOS SANITARIOS ante la pandemia (que sigue estando muy, pero que muy viva).

      De nuevo, recurro a la última columna periodística de ÁLVARO que, bajo el título TÁPATE, TE HACE BIEN, pone el dedo en la llaga. Éstas son sus palabras:













      "Abandonada toda esperanza en la responsabilidad ciudadana, la obligación de usar la mascarilla se impone ya por la vía del boletín oficial como única solución contra la pérdida de la memoria. La tipificación de la conducta asociada a una sanción económica acaba con el arbitrio por el que se colaban los homeópatas del virus, convencidos de que el distanciamiento social era el nombre de un grupo de música de los años noventa. No hay ya lugar a la libre elección, ni a la reinterpretación del liberalismo como doctrina basada en que la imbecilidad de un sujeto trasciende a las consecuencias del conjunto. No queda ya resquicio para que un tipo decida que su comodidad o su ignorancia superan en importancia a la seguridad de sus conciudadanos. Tres meses más tarde de que las UCI se colapsaran hasta hacer elegir a los profesionales entre quién contaba con la opción del respirador que le salvara la vida y cuál entraba en la nómina de los desahuciados, la ley deja de amparar a los tontos para descargo de unas autoridades que vuelven a llegar tarde con tanto juego de las incompetencias para meterse el dedo político en el ojo unas a otras.

      La imposición abarca un vacío en el que habían crecido los antisistema de la mascarilla. Son los mismos a los que antes les apretaba el cinturón de seguridad en el coche o los que fumaban en los bares porque su libertad no les daba para sumar dos dedos entre el entrecejo y el nacimiento del cuero cabelludo. Los había en todas las calles, escudados en que se trataba de una recomendación, como lavarse los dientes después de comer o beber dos litros de agua al día, sin importarles que fueran ellos solos en mitad del ascenso al Jou de los Cabrones o rodeados de gente en el semáforo de Ordoño II con Independencia a mediodía. No faltaban tampoco en las colas con toses sin mano delante, en los espacios cerrados en los que no había lugar para la distancia de cacha y media que marca el protocolo leonés para prevenirse de un golpe. La única esperanza pasa por que la mascarilla se convierta en prenda de moda contagiada por los youtubers de la tontuna en red, los instagramers con nómina en las marcas o los influencers del Sálvame quien pueda. Entonces, habrá quien no se la quiera quitar ni para hacerse la foto del DNI. Si no, hagan como yo, que me la pongo por egoísmo: cualquier cosa que me tapa me hace mucho bien."







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